Por Noelia Lavara
Al igual que en la simplona y más que olvidable comedia protagonizada por el actor australiano Mel Gibson –y en la que un ejecutivo que recibe una descarga eléctrica adquiere el curioso don de leer la mente de todas las mujeres que le rodean- a cualquier ejecutivo de asociación le encantaría conocer qué piensan sus empleados. Bueno... a cualquier ejecutivo con agallas, porqué... ¿Alguien se atreve a poner la mano en el fuego acerca de la satisfacción laboral de las personas que día a día le ayudan a sacar adelante su asociación?
La estructura asociativa española suele estar formada mayoritariamente por entidades pequeñas, presupuestos muy limitados y juntas directivas cuyas mentalidades se alejan mucho de las últimas tendencias en management. No es infrecuente encontrar equipos que se forjaron en los años 80 o incluso 70, y que trabajan como autómatas, con la mente situada a kilómetros de la oficina.
A la nueva hornada de ejecutivos jóvenes, con una más que sobrada formación y enormes ganas de hacer cosas nuevas, les cuesta horrores movilizar a sus empleados, quienes a su vez les contemplan con una mezcla de fastidio e ironía. “Ya se cansarán, ya”.
Ante esta complicada situación –imposibilidad de ascensos, por la limitación de la estructura, e improbables subidas de sueldo, por la constante escasez de presupuestos-, ¿qué puede hacer un ejecutivo que se precie de serlo para motivar a un equipo que hace tiempo descartó esa palabra de su vocabulario?
Pues más de lo que se podría pensar a primera vista.¿Alguna vez se ha dado cuenta de lo que da de sí una larga charla con un viejo amigo? Quizá alguna vez le ha ocurrido. Lo que comienza siendo un café casual termina –tras dos horas y media de animada conversación- en un desnudo integral del alma, en el que posan por igual una infidelidad del cónyuge, los desmanes de los hijos adolescentes y los terribles achaques de la edad que empiezan a aquejar a los padres.
En nuestra sociedad la gente está más sola de lo que debiera, y necesita desahogarse con alguien que esté dispuesto a escuchar. ¿Por qué, entonces, no prueba a escuchar a sus empleados? No hace falta que les llame a su despacho, uno por uno, como si fueran a un examen oral de Historia. Por el contrario, invítelos casualmente a un café al final de la jornada, acompáñeles a la parada del autobús o a comprar el periódico y no tenga miedo de preguntarles qué tal les va en su trabajo, qué problemas perciben, o cómo creen que podrían mejorar su relación jefe-subordinado.
Ya. Sabemos que casi con seguridad escuchará cosas terribles. ¿Pero quién dijo miedo? El mundo es de los valientes. Es probable que le cuenten cotilleos que no quiere oír, pero también aprenderá cosas útiles y conocerá valiosos datos sobre el carácter y la vida de su empleado que le servirán enormemente para motivarle. ¿Un hijo tiene un problema de salud? Interésese por él y ponga a su disposición facilidades para adaptar el horario a los médicos y pruebas diagnósticas. ¿No soporta los atascos y vive a 50 kilómetros de la oficina? Seguramente agradecerá enormemente trabajar a distancia un par de días a la semana.
Y no sólo eso. No debe quedarse en los meros problemas diarios. Debe ahondar más y atreverse a hacer la pregunta clave. ¿Qué espera de la asociación? ¿Qué planes de futuro tiene dentro de ella? ¿Qué objetivos quiere alcanzar? En función de sus respuestas, usted sabrá si puede contar con esa persona para avanzar en el camino que usted ha trazado para su entidad. Un ultimo apunte: No olvide escuchar, claro, pero tampoco pase por alto que la comunicación debe ser bidireccional. Aproveche para transmitir a ese empleado que la asociación espera mucho de él, que le necesita y que tiene puestas muchas esperanzas en su trabajo.