Por Noelia Lavara
Cuando usted cruzó el umbral de la puerta de su asociación como el flamante secretario general, seguramente le reconoció al instante. Maduro, por no decir mayor, entrecano, con gafas bifocales apoyadas sobre el final del puente de la nariz y aferrado a su vieja Olivetti.
Miraba a los ordenadores como a un arma del maligno, y a duras penas –y no sin antes refunfuñar lo suyo- conseguía enviar un simple fax. Los móviles, las cámaras digitales y el DVD entraron en su vida a través de sucesivas festividades de Reyes, como un regalo inesperado de sus hijos, pero jamás cumplieron la misión para la que en su día fueron diseñados.
Lo sabemos. También en su asociación tiene usted un integrante inequívoco de la vieja guardia. En su caso está encarnado en su secretaria, su telefonista, su contable o su conserje; el puesto es lo de menos. Pero lo que casi nunca fallan son los requisitos que lleva aparejados. A saber: resistencia patológica al cambio, poca iniciativa y escasa ambición en el debe; fidelidad, meticulosidad y gran voluntad en el haber.
Póngase en su pellejo: estos trabajadores suelen ser personas que comenzaron a trabajar en los años 50 o 60, en pleno inicio del despegue económico español, cuando el seiscientos y el pluriempleo eran moneda común. Por tanto, saben lo que es echar horas y se esfuerzan como el que más cuando se les marca un objetivo claro. Ahora bien, necesitan un liderazgo muy bien definido y sin ambages, que les proporcione unas instrucciones perfectamente definidas, unos caminos bien dibujados y, como no, una visión perfectamente lógica de los objetivos deseados.
Los americanos, que en esto de los estudios sobre Recursos Humanos aventajan con mucho a gran parte de los europeos, han analizado las preferencias de los empleados más maduros y su comportamiento en las asociaciones empresariales. Los resultados no dejan de sorprendernos.
Contrariamente a lo que cabría esperar, la mayoría de los trabajadores mayores no dirían “no” ante una propuesta de mayores responsabilidades. Es decir, puede que muchos de ellos estén anquilosados y estancados en sus carreras profesionales, pero quizá es porque hasta ahora nadie se había planteado ofrecerles el reto adecuado.
Los datos también sugieren que estos trabajadores también están más comprometidos con sus asociaciones que otros más jóvenes. Asimismo, presumen de una significativa tasa de satisfacción laboral, sobre todo entre las féminas de esta categoría. Y, de la misma forma, su esfera personal, más estable -con hijos adolescentes o incluso en edad universitaria- les proporciona mayor tranquilidad para afrontar su tarea.
No obstante, si hablamos de motivación, un ascenso o un sueldo más alto podrían servir de ayuda, pero seguramente agradecerían más una aportación a un plan de pensiones u opciones de trabajo más flexibles. Entre las preferencias del estudio destacaban el hecho de poder acumular horas para tomarse unos días libres, no sólo para irse de vacaciones, sino para cuidar de unos padres ancianos, por ejemplo. Asimismo, muchos de ellos se decantaban por un buen horario o libertad para actuar por objetivos.
No hay que olvidar que estas personas valoran por encima de todo la fidelidad, y la otorgada a su asociación es uno de sus puntales. Si usted consigue hacerles comprender que todas las nuevas medidas que está llevando a cabo es por el bien de su estructura, le seguirán hasta el fin del mundo.
No vacile, por tanto, en obligarles a enfrentarse con las nuevas tecnologías “por el bien de la asociación”. Ínsteles a realizar su trabajo apoyándose en los más avanzados softwares a su alcance y a dominar los equipos informáticos, así como el mail o Internet. Al cabo de un mes de uso les parecerá un tarea mecánica más. Pero, si no es así, y a fin de que el temido monstruo no les parezca tan fiero, haga que el joven amante de las nuevas tecnologías que siempre puebla toda oficina les acoja baja sus alas, para que puedan consultarle informalmente sus dudas.